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Cuando se fue la luz

21 sept
3 min de lectura

Una misa a oscuras me hizo preguntarme si realmente sabemos lo que estamos viviendo frente al altar


Hay momentos en los que Dios no necesita añadir nada extraordinario para hablarnos. Basta con que, por un instante, desaparezca aquello a lo que estamos acostumbrados.

Hace unos días asistí a la Misa por un joven padre de familia que había fallecido mientras dormía. Dejó esposa e hijos adolescentes.


Durante la homilía, el sacerdote nos recordó una verdad que preferimos mantener lejos: la muerte no es una posibilidad, es una certeza. Es el único acontecimiento para el que todos, sin excepción, deberíamos prepararnos cada día.


Y entonces ocurrió.


Se fue la luz.


Un templo enorme, con más de doscientas personas, quedó completamente a oscuras. Solo permanecían encendidas las velas del altar.


Por un instante nadie supo qué hacer.


El sacerdote elevó la voz para concluir su homilía y rápidamente apareció una pequeña lámpara para iluminar apenas el ambón. El silencio era tan profundo que se hubiera podido escuchar caer un alfiler.


Pero algo había cambiado.

Nadie miraba a los demás. Nadie parecía distraído por lo que sucedía alrededor. La oscuridad había borrado, de pronto, muchas de nuestras referencias habituales.


Y las miradas terminaron dirigiéndose hacia un mismo lugar:

el altar.


Comenzó el ofertorio. Una lámpara iluminaba apenas los ornamentos del sacerdote. Todo lo demás permanecía en penumbra.


La música, ahora sin bocinas ni amplificación, sonaba distinta. Más humana. Más limpia. Casi angelical.


Las voces parecían incluso más bellas porque ya no había nada que las cubriera.


Y pensé: quizá así debería ser siempre nuestra mirada durante la Misa.


No necesariamente con el templo a oscuras, sino con el corazón menos distraído.


Mirando hacia donde verdaderamente debemos mirar.


Hacia el sacrificio.

Hacia la Eucaristía.

Hacia Cristo.


Pero ocurrió algo más que me hizo reflexionar.


Al comenzar la oración de los fieles, una señora leyó las peticiones elevando suficientemente la voz para que todos pudiéramos escucharla. Se entendía perfectamente.


Sin embargo, cuando llegó el momento de ponerse de pie, solamente dos personas se levantaron.


Los demás permanecieron sentados.


Sí respondían verbalmente a las peticiones, pero no se levantaban. Algunos parecían mirar discretamente a su alrededor, esperando que alguien más marcara lo que seguía.


La oscuridad había eliminado una referencia visual que normalmente damos por sentada: ver qué hacen los demás.


Entonces recordé los conocidos experimentos del psicólogo Solomon Asch sobre la conformidad social. Sus estudios mostraron hasta qué punto el comportamiento del grupo puede influir en nuestras propias decisiones.


Y me hice una pregunta que ya no tenía que ver solamente con aquella Misa.


¿Cuántas veces vivimos nuestra fe de la misma manera?

Nos ponemos de pie porque los demás se ponen de pie.


Nos sentamos porque los demás se sientan.


Nos arrodillamos porque vemos arrodillarse a quienes están junto a nosotros.


Respondemos porque escuchamos responder.


Pero ¿sabemos por qué lo hacemos?


¿Qué ocurriría si desaparecieran todas esas referencias externas?

Aquella noche comprendí algo: para participar verdaderamente en la Misa no basta con mirar; necesitamos saber qué está sucediendo.


La liturgia no es una coreografía que aprendemos observando a los demás.


Cada gesto, cada silencio, cada palabra, cada postura tiene un sentido. Todo nos va conduciendo hacia el corazón de lo que celebramos: el sacrificio de Cristo que se hace sacramentalmente presente en la Eucaristía.


Por eso conocer la Misa importa.


Porque cuando comprendemos lo que sucede, dejamos de ser espectadores que siguen los movimientos de otros y comenzamos a participar conscientemente en aquello que estamos celebrando.


Aquella oscuridad terminó convirtiéndose para mí en una inesperada catequesis.


Cuando desaparecieron las luces, descubrí cuánto dependemos de lo exterior.


Cuando dejaron de funcionar las bocinas, escuchamos las voces.

Cuando dejamos de mirar alrededor, miramos hacia el altar.


Y cuando ya no pudimos simplemente imitar lo que hacían los demás, apareció una pregunta incómoda:


¿Sé realmente lo que estoy viviendo en la Santa Misa?


Quizá esa sea la invitación que me dejó aquella noche: volver a conocer la Misa. Comprenderla. Vivirla. Descubrir qué significa cada momento para no estar simplemente presentes, sino verdaderamente participar.


Y hubo algo profundamente simbólico en que todo esto sucediera precisamente durante la Misa de un difunto.


El sacerdote acababa de hablarnos de la muerte.


De esa certeza para la que deberíamos prepararnos cada día.


Y entonces se apagaron las luces.

Porque algún día, también para nosotros, se apagarán todas las luces de este mundo.


Y entonces importará haber aprendido a reconocer la Luz que nunca se apaga.


Aquella noche, en medio de un templo completamente oscuro, esa Luz seguía estando exactamente donde siempre ha estado:


en Cristo.

 
 
 

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