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73 millones de embarazos finalizados al año: una cifra que no debería dejarnos indiferentes

Hay cifras que no solo informan, sino que obligan a detenerse y pensar.

Una de ellas es esta: alrededor de 73 millones de embarazos se terminan antes de tiempo cada año en el mundo, según estimaciones utilizadas por la Organización Mundial de la Salud y organismos internacionales asociados.


Traducido a la vida cotidiana, el número impresiona aún más: cada día se finalizan aproximadamente 200 mil embarazos en el planeta.


La OMS no incluye esta realidad dentro de sus estadísticas oficiales de causas de muerte. Técnicamente, no aparece junto a las enfermedades cardiovasculares, el cáncer o los accidentes. Pero que no se clasifique así no elimina el hecho de fondo, ni cancela la pregunta ética que inevitablemente surge.



Cuando los números dejan de ser abstractos



Otro dato suele pasar casi desapercibido: aproximadamente el 61% de los embarazos considerados no planeados terminan en aborto.


Más allá de la terminología, el dato revela una constante: frente a un embarazo inesperado, la respuesta mayoritaria de nuestra cultura es finalizarlo, no acompañarlo, no sostenerlo, no reconocerlo.


Esto no es una afirmación ideológica, es una lectura directa de las cifras. Y cuando se observan en conjunto —73 millones al año, 200 mil al día— el fenómeno deja de ser marginal para convertirse en uno de los hechos humanos más masivos de nuestro tiempo.



Finalizar un embarazo no es un acto neutro



Conviene decirlo con claridad, aunque incomode: finalizar un embarazo es siempre una intervención deliberada sobre un proceso biológico natural. El embarazo, en sí mismo, no es una enfermedad. Es un proceso sano orientado al desarrollo de un nuevo ser humano.


Actuar para ponerle fin implica intervenir directamente sobre una vida en gestación y sobre el cuerpo de una mujer que ya ha iniciado un proceso materno real. No es una decisión abstracta ni un trámite médico más; es una acción con consecuencias humanas profundas.



Libertad y maternidad: una distinción necesaria



Se afirma con frecuencia que la maternidad debe ser libre. Y es verdad.

La libertad existe antes de ser madre.


Pero una vez que hay embarazo, la realidad cambia. Cuando una mujer está embarazada, ya es madre, aunque no lo haya buscado, aunque la situación sea difícil, aunque no encaje en su proyecto de vida.


Desde ese momento existe un ser humano en gestación, con identidad genética propia, distinto de la madre aunque dependa totalmente de ella. Negar esa realidad no es ciencia ni neutralidad: es una decisión cultural.


La responsabilidad sexual se ejerce antes. Después, ya no hay solo una decisión individual, porque ya hay otro alguien involucrado.



La comparación incómoda



Las principales causas de muerte reconocidas por la OMS —enfermedades cardiovasculares, cáncer, accidentes cerebrovasculares— se cuentan en millones al año. Sin embargo, ninguna de ellas, considerada individualmente, alcanza cifras cercanas a los 73 millones de embarazos finalizados anualmente.


La diferencia no está en los números, sino en la definición.


Lo que no se reconoce como vida no puede contarse como muerte. Pero la magnitud permanece y plantea una pregunta legítima: ¿qué vidas estamos dejando fuera del reconocimiento público?



Puerto Rico y el valor del lenguaje



Algunos lugares han intentado, al menos, no invisibilizar al ser humano en gestación.


En Puerto Rico, por ejemplo, el marco constitucional reconoce la dignidad del ser humano desde la concepción, aun cuando el ordenamiento legal permita la finalización del embarazo bajo ciertas condiciones.


Ese reconocimiento no resuelve todos los dilemas, pero marca una diferencia esencial: el ser humano en gestación no es inexistente, no es solo un “proceso” ni un “evento biológico”.


Nombrar es reconocer. Y lo que no se nombra, se elimina con mayor facilidad.



Más allá de la estadística



Los 73 millones de embarazos finalizados al año, los 200 mil diarios, y el hecho de que la mayoría de los embarazos no planeados terminen en aborto, no son solo datos sanitarios.


Son un espejo de cómo nuestra cultura responde a la fragilidad, a la dependencia y a la vida cuando se presenta sin haber sido planeada.


Tal vez el problema más profundo no esté en las cifras, sino en la costumbre de repetirlas sin detenernos a pensar qué significan realmente.


Porque cuando una sociedad se acostumbra a finalizar millones de vidas en gestación sin siquiera preguntarse qué está terminando, algo esencial se ha debilitado: la capacidad de reconocer al otro, incluso cuando es pequeño, invisible y totalmente dependiente.

 
 
 

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